¡Excelente pregunta!
Lo excepcional es justamente eso: extraño, raro, extraordinario. Lejos estará de ser usual. Equivocamos el sentido de la realidad al elogiar o denostar de tal manera a las personas, a las actitudes o a los objetos
Escribe: Alfredo Coronel Zegarra
Quizá ha escuchado alguna entrevista donde el entrevistado dice agradecida y reiteradamente “Excelente pregunta”. Esto plantea, al menos, dos cuestiones: ¿qué ocurre con las demás interrogantes, acaso fueron “malas” o “inadecuadas”? Y, de otra parte, de considerarse que sin excepción las consultas fueron muy buenas, significará que la conversación fue superlativa, cosa infrecuente. Cuando juzgamos de esa manera los eventos, ponemos la vara muy alta para el resto o, por habernos excedido en la aplicación del calificativo, desperdiciamos su razón de ser.
Probablemente se trate de fórmulas corteses de expresarse, donde se busca agradar a los interlocutores y quedar bien. Esa deferencia podría ser tomada incluso como irrespetuosa, por ejemplo, hacia los que escuchamos la nota periodística y reparamos en la falta de novedad, precisión o lo repetitivo de los temas tratados. Seguir recetas comunes de hablar o de dirigirse a la gente es un asunto habitual, aunque ajeno al empleo de esquemas originales o variados.
Es inviable que cualquier suceso sea estupendo, que todos los seres humanos seamos preciosos, que las interpretaciones culturales sean permanentemente excelsas o los platillos sepan siempre exquisitos. Si la totalidad de circunstancias tiene diez puntos, entonces, este uso del lenguaje malgasta su valor. Es cierto que somos distintos entre nosotros, pero de ahí a decir que cada quien es único hay un trecho complicado de recorrer.
¿Dónde quedan la mediocridad, las similitudes, lo cotidiano o lo regular? Del mismo modo las llamadas a adjetivar negativamente de forma exagerada tampoco son realistas, nada puede ser constantemente pésimo, catastrófico u horrible. Ambos extremos neutralizan el diálogo.
Perdemos la noción de lo relativo; descansa fuera del ámbito de lo razonable, el estándar y la normalidad en que generalmente se mueve la vida.
Lo excepcional es justamente eso: extraño, raro, extraordinario. Lejos estará de ser usual. Equivocamos el sentido de la realidad al elogiar o denostar de tal manera a las personas, a las actitudes o a los objetos. Los órdenes de magnitud se desvanecen.
Además, paradójica e indeseadamente, la existencia se ve convertida en monótona. Dejan de surgir las disparidades. El colorido desaparece. Incluso el arte, que es de por sí retador y sugerente, se ahogaría en un mar de “grandiosidades”.
Ser maestros, eximios o dotados gracias a la naturaleza carecerá de fundamento. En vano me esforzaré, ¿para qué hacerlo si igualmente seré sobresalientemente evaluado? La meritocracia pierde sentido y encontrar soluciones innovadoras se volverá algo del pasado, aquel en que la pluralidad era un bien preciado.
La empatía difícilmente se basa en falsos halagos; es materia de franqueza pronunciada amablemente. Evitemos, pues, andar sobreestimando por doquier. ¿No le pareció maravilloso este artículo?
Escrito por
Consultas y colaboraciones a pedrocasusol@gmail.com
Publicado en
arte, música, cine y literatura.