sigue el conteo

La viga en mis ojos

Antes de atosigar a otros con una retahíla de recomendaciones o pontificaciones, verifiquemos que eso sea practicado en el accionar particular de cada individuo

Publicado: 2025-09-14

Escribe: Alfredo Coronel Zegarra

Gustamos de sermonear, aconsejar y criticar a todo el mundo. Son cuestiones populares, aunque no tanto para aquel que recibe los comentarios. Cuando somos los afectados por las sugerencias, justificaremos lo sucedido con excusas, intentaremos cambiar de tema o trataremos de retirarnos.

En ocasiones, hartos de que nos llamen la atención, reaccionaremos virulentamente, haciéndole saber al interlocutor que no es precisamente un dechado de virtudes en la materia debatida. Pues es igualmente común que, como en la casa del herrero con cuchillos de palo, fallemos en lo mismo que le recriminamos al resto.

Probablemente ocurre que no hemos reparado en que cometemos idénticas incorrecciones, adolecemos de indistinguibles defectos o reproducimos similares maltratos. Las razones pueden ser diversas: incapacidad de autocrítica, soberbia desmedida o creer que ya lo hemos remediado.

Sea cual fuere la justificación que tengamos, sería oportuno que la revisemos. Es infrecuente aplicarnos los mismos consejos dados a quienes están alrededor y que contribuirían a mejorar nuestra propia existencia.

Entonces, antes de atosigar a otros con una retahíla de recomendaciones o pontificaciones, verifiquemos que eso sea practicado en el accionar particular de cada individuo.

En aras de la salud mental personal y la pública, bien haríamos en canalizar esa inestabilidad emocional de distinto modo. Indudablemente, alguna forma de inseguridad, fijación o aprendizaje inconcluso padecemos. Pero volcarlo en prácticas de atención desmedida hacia los actos o lo que nosotros consideremos defectos ajenos es poco provechoso. ¿Indagaremos internamente por soluciones que reencaminen esos ímpetus?

Concentrarnos en evitar decir lo que realmente pensamos implicaría asumir desafíos difíciles de acometer. Incluso algunos dirían que eso es falta de autenticidad, que “esconderemos” lo que verdaderamente sentimos. Sin embargo, hacerlo beneficiará a la colectividad: a uno, al impedir que desnudemos cavilaciones íntimas; y a los demás, que no sentirán el uso de frases denigratorias o discriminatorias, ni recibirán jalones de orejas inmerecidos e innecesarios, ni incisivas recomendaciones no solicitadas.

Conjugar estas características requerirá esfuerzo y presencia de ánimo, ambos inusuales. Se asemejará a conciliar los sueños con la realidad que es tarea especialmente esquiva. Parece encontrarse ahí, en la yema de los dedos, mas constantemente se vuelve inasible. Nos acercamos un paso y ya se alejó dos.

¿Acaso es tan complejo pretender enmendarnos? Pues, de ser de esa manera, tal vez sea recomendable ponerlo en pausa, dejándolo reposar; ya vendrán momentos en que tengamos mayor disposición y temple, pudiendo así enfrentar dichos demonios.

Encauzarnos hacia propósitos u objetivos positivos para la humanidad significará afanes cuya recompensa es dudosa. ¿Fijaremos la vista en pajares diferentes, usaremos las vigas para reconstruirnos, o quizá conseguiremos finalmente hacer esos cuchillos metálicos que corten finamente?


Escrito por

Pedro Casusol

Consultas y colaboraciones a pedrocasusol@gmail.com


Publicado en

bebedor de absenta

arte, música, cine y literatura.