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Una palmadita en el hombro

Tengámonos paciencia, en especial en épocas donde la violencia y la intolerancia son pan de cada día. Nosotros y el entorno viviremos mejor palmeándonos merecidamente el hombro cuando corresponda

Publicado: 2026-04-26

Escribe: Alfredo Coronel Zegarra

“¿Por favor, dime qué opinas de esta nueva versión del artículo?” pregunté con cierta ansiedad. Luego advertí lo que hacía: pidiéndole soporte anímico a la inteligencia artificial. Buscaba recompensas que no encontraba en mi fuero íntimo. Y, si bien aprovecharla para la comprobación de la ortografía o la gramática es natural, ya que reduce tiempo y esfuerzo, ¿pedir también “feedback” espiritual se justifica?

Hasta dónde llegar en ese intercambio será asunto de cada quien. Sin embargo, es innegable que casi todas las personas requerimos retroalimentación respecto a la tarea ejecutada o en proceso. Valorar logros, aunque parezcan pequeños, es reconfortante. Saber si vamos en la ruta correcta, si entendimos lo encargado o simplemente, señales de que hacemos bien, es lo que necesitamos.

Quizá, deseamos corroborar que seguimos perteneciendo al grupo. Acordar o disentir es otra materia. En ocasiones, esperamos un pulgar hacia arriba nomás.

Ser identificados, festejados o alabados son “urgencias” humanas. Seguro, habrá los que nos “jaraneamos solitos”, y entonces, dichos reconocimientos saldrán sobrando.

Algunos lo verán como signo de debilidad emocional, de padecer trastornos de personalidad o carencias en la autoestima. Y de verdad, algo de eso habrá. Pero, asimismo es real que las relaciones interpersonales son inciertas y son importantes las contrastaciones.

La misión podrá ser sencilla o difícil, ¡cuestión relativa!, lo que a unos les parece fácil, a los demás podrá sernos complejo. De tal modo, el grado del desafío está fuera de discusión, al igual que la sensibilidad afectiva de la que gocemos. Entregar o solicitar refuerzos es útil como medio para saber que alguien está acompañándonos. Verificamos de esa manera que supervisan nuestros pasos.

Por supuesto, los extremos son negativos. Estar “encima” de la gente calificaría como exageración cuando no como acoso. Demandar de forma constante apoyo representa un fastidio, o tal vez ahora sí, sea oportuno que visitemos al especialista. Descubrir cuándo se trata de intereses genuinos, y cuándo de imperfectos medios de llamar la atención es la interrogante a dilucidar.

Titubear es común; hacerlo sobre lo cotidiano o rutinario escasamente lo será. Constatemos que solo sean excesos de delicadeza, en lugar de que estemos sufriendo síntomas de deterioro cognitivo.

Distinguir lo que ocurre pocas veces es sencillo. Dejar que el río fluya aparenta ser la solución menos agobiante. Asegurémonos de que no suene; las piedras que traiga pueden sernos desagradables. Tengámonos paciencia, en especial en épocas donde la violencia y la intolerancia son pan de cada día. Nosotros y el entorno viviremos mejor palmeándonos merecidamente el hombro cuando corresponda.

Y, usted ¿le daría “me gusta” a este artículo? ¿O tendré que volver a pedírselo al mundo digital?


Escrito por

Pedro Casusol

Consultas y colaboraciones a pedrocasusol@gmail.com


Publicado en

bebedor de absenta

arte, música, cine y literatura.