sabe usar la IA

El espejismo del control

La cultura de la sospecha incuba desconfianza. ¿Aprenderemos a restringir los anhelos de figuración que nos inundan? ¿Seremos conscientes de la privacidad propia y ajena?

Publicado: 2026-07-12

Escribe: Alfredo Coronel Zegarra

Nos encanta controlar a los demás, saber qué hacen, con quién salen o qué leen. Seamos padres, profesores, jefes o parejas, lo tenemos siempre presente. Y cuando nos es inviable ejercerlo, buscamos, como colectividad, que alguien más se haga cargo; en general, le asignamos la tarea al gobierno. De ese modo, aprobamos legislación e intervenciones en fueros íntimos. Así, si algo sale mal es culpa de la ley, no mía.

La tecnología también padece este patrón. Prohibir celulares a los niños y evitar que los adolescentes consuman redes sociales o inteligencia artificial son noticias diarias. ¡Fuera influencias negativas! Hoy las autoridades pretenden “supervisar” los avances del ecosistema del software, aduciendo potenciales daños de seguridad nacional. Hasta el Vaticano mostró sus reparos a las recientes aplicaciones digitales, arguyendo un tránsito incontenible hacia la deshumanización.

Desde la antigüedad vivimos el mismo pánico moral ensayando variadas excusas. Incineramos libros, le atribuimos conciencia al telégrafo; condenamos y proscribimos videojuegos, cómics o la televisión por perturbar mentes.

Disfrazamos nuestro real temor: que cada uno sea independiente. Escondemos con estas conductas que poco valoramos la responsabilidad personal. Reconocemos implícitamente que poseemos deseos que ocultar o circunstancias que ignoramos cómo manejar.

Asimismo, que en el mundo virtual hallemos imágenes subidas de tono o naveguemos en internet para “facilitarnos” subrepticiamente conocimientos, solo desnuda ante el público las fantasías particulares que imaginamos. Jugamos con fuego y queremos hacerlo sin quemarnos. El cambio es inevitable, ¿lo censuraremos?

Nuevas cortapisas traen aparejadas distintas formas de saltarlas; lo pernicioso es que muchas de ellas se vinculan a espacios delincuenciales. Tratando de eludir un mal, somos arrojados a peligros mayores, acostumbrándonos a existir rodeados de engaños. La transparencia y el juicio desaparecerán.

Los límites son positivos; el asunto es cómo los colocamos y sancionamos. ¿Quién vigila a los fiscalizadores? Gente que piensa por sí misma o que decide a su cuenta y riesgo amenaza al poder. Pareciera que velar por la integridad del resto es únicamente impedir que me quiten mi cuota. Mientras deban solicitarme permiso, se satisfarán mis ansias de dominación: creamos un modelo prebendario.

Usar el criterio supone aventurarnos a probar si funciona. Lo que se debe enseñar es que el libre albedrío significa asumir sus consecuencias. La cultura de la sospecha incuba desconfianza. ¿Aprenderemos a restringir los anhelos de figuración que nos inundan? ¿Seremos conscientes de la privacidad propia y ajena?

¿Habrá llegado el momento en que el omnipresente y omnisciente ojo tecnológico guíe nuestros pasos? ¿Reescribiremos los códigos de ética empresarial, reformularemos el rol del Estado y replantearemos la relación entre los individuos y la sociedad? De hecho, las interacciones humanas tomarán rumbos desconocidos.


Escrito por

Pedro Casusol

Consultas y colaboraciones a pedrocasusol@gmail.com


Publicado en

bebedor de absenta

arte, música, cine y literatura.