- Tus relatos trabajan con una Lima popular muy concreta, pero nunca como simple escenario costumbrista: el barrio parece tener memoria, tensión moral y hasta respiración propia. ¿Cuándo escribes, piensas primero en el espacio como atmósfera emocional o como estructura social que condiciona a tus personajes?
- Cuando escribo, pienso en una historia y en sus personajes, los que están anclados en un territorio, en un espacio geográfico, porque nada sucede sobre la nada. Como mis historias son, sobre todo, historias reales con adiciones de ficción, se desarrollan en un territorio concreto que no es un adorno, sino que late y siente, como nuestros barrios. Por ejemplo, si te digo San Juan de Lurigancho, ¿en qué piensas? El mismo nombre te lanza ideas y prejuicios: inseguridad, caos, tráfico, pobreza, sobrepoblación. Esos serían los valores negativos. Pero hay mucho más allá, y así como esto se muestra en los cuentos, también aparece lo que muchos no ven porque no conocen o no han crecido en este enorme distrito: la resiliencia, la cultura, la música, la migración, el avance contra todo y, a pesar de todo, así como el abandono del Estado. En nuestros conos —en la Lima popular— está el motor del avance del Perú. No en la macroeconomía ni en la estabilidad de la moneda —que, al final, beneficia más a los de arriba que a los de abajo—, sino en las redes familiares, en la solidaridad, en el «se sufre, pero se goza» que nos identifica tanto y nos permite no volvernos locos ante tanta adversidad e indiferencia. En conclusión, lo que me interesa contar está anclado a un territorio que se vuelve una atmósfera emocional y una estructura social. Porque, ¿podríamos decir que San Isidro, por ejemplo, «siente» igual que San Juan de Lurigancho?
- Con Pedro Yauri convertido en figura narrativa dentro de «840 AM», la memoria política entra en el cuento sin convertirse en consigna. ¿Cómo decides hasta dónde una historia real puede ser intervenida por la ficción sin perder su densidad ética?
- No sé si tenga la opción de decidirlo. En el caso de Pedro Yauri, consideré que era un periodista de investigación y que su contexto lo llevó a realizar denuncias contra el régimen político dictatorial de Alberto Fujimori. En ese sentido, y respetando al personaje que fue, no sé si tuvo una ideología política definida, si fue de izquierda, militante, socialista o comunista —aunque sospecho que, por lo menos, fue de izquierda—. Lo que sí sé a ciencia cierta es que fue periodista, de los que casi ya no existen, y que, si vagara como ánima por la playa de Huacho, estoy seguro de que su obsesión, para bien o para mal, sería la pasión que ejerció en vida. Entonces, creo que la realidad puede ser intervenida por la ficción sin perder densidad ética, porque debemos respetar lo que fue el personaje, sin que eso signifique ocultar los claroscuros, que a veces son relevantes —o no— para lo que uno quiere contar. Luego, puede abrirse en ramificaciones para imaginar otros desenlaces —como pequeños riachuelos— que, al final, nos llevarán al mismo océano, que es la verdad acerca de a quién narramos. En «840 AM» hay dos historias o más, como en la mayoría de los cuentos de Un último round. Específicamente, en este hay un personaje que no le encuentra sentido a su vida, producto de su contexto, y que busca quitársela; y otro que sí tenía un sentido claro, pero al que el contexto se lo arrebató. El encuentro en una playa de Huacho sí es pura ficción, pero los personajes siguen siendo siempre ellos.
- Hay una presencia muy marcada del padre —explícita o desplazada— en varios relatos: padre biológico, padre político, padre derrotado, padre ausente o figura masculina heredada. ¿Sientes que el libro dialoga, en el fondo, con una pregunta sobre la herencia?
Este libro dialoga con la herencia de una generación —de padres, madres, hombres y mujeres— que se va yendo y que es muy difícil que vuelva a repetirse. Esta generación soñó y se atrevió a luchar por un ideal, y fue derrotada. Sin embargo, como se dice en una parte del cuento: «fueron todo, menos cobardes». Siento que nuestra generación, y la que viene, no tiene esa misma entrega. Me refiero a ese ideal de transformar el mundo —el país— para mejor. Si nosotros ya no podemos ser esos padres, ¿quiénes lo serán? Creo que esa es la peor tragedia. ¿Quién heredará, entonces, esa capacidad de soñar, de entregarlo todo, de pensar en un concepto de país, de patria, más allá de lo individual, de lo material, de lo inmediato? Hoy, la mayoría de los jóvenes sueña con la movilidad social, con tener dinero y comodidades; y está bien, todos queremos eso. Pero ¿quién piensa en lo colectivo, en la nación, en el barrio? Ya nadie lo hace.

Cuento ● Narrar, Lima, 2026, 148 pp. ● ISBN 978-612-99315-0-0 ● S/ 45.00
- Tus cuentos suelen contener personajes que hablan poco, pero cuando hablan dejan frases cargadas de peso existencial o simbólico. ¿Trabajas el diálogo como reproducción de oralidad real o como condensación poética de una verdad interior?
- Eso depende de lo que exija el relato. Hay momentos en los que el diálogo es más oral, porque la idea es transmitir autenticidad, pero también carga emocional; y otros en los que podemos darnos la licencia de la reflexión trascendental; y otros en los que ambos registros coexisten. Y alterno entre uno y otro, pero la poética, creo, siempre está presente —o trata de estarlo—, porque incluso dentro de la oralidad hay poesía. Existe una cadencia particular que se acerca a la poesía y a la música. Por algo, cuando leemos, las palabras suenan en nuestra cabeza, como si siguieran una sinfonía pautada por alguien más que, en este caso, es el escritor. Ahora bien, los personajes en este libro dialogan poco en el sentido tradicional, aunque sí lo hacen como narradores, pues varios relatos están en primera persona. Quizá el que menos lo haga sea «Macedonio», lo cual tiene que ver con su carácter y con el hecho de que está narrado en tercera persona.
- En varios momentos aparece una tensión entre crudeza social y lirismo: escenas duras narradas con imágenes muy elaboradas. ¿Te preocupa alguna vez que la belleza formal suavice demasiado la violencia que narras, o justamente buscas ese contraste?
- No me preocupa. En línea con la pregunta anterior, creo que toda acción, sea brutal o delicada, tiene una poética interna, siempre que sea espontánea; o, por lo menos, así es como yo entiendo la poesía. No soy poeta porque no construyo poemas ni versos, ya que considero que la poesía es libre y pulula en el aire. Por ello, hay poesía en la vida misma, en lo cotidiano, y los poetas —si pienso en uno de mis favoritos, como Juan Gonzalo Rose— se dedican a aterrizarla en el papel y a hacer posible que los simples mortales podamos aprehenderla. Entonces, supongo que busco ese contraste, porque la vida misma es poética, mágica, fantástica. ¿No te ha pasado que, cuando lees un cuento fantástico o de realismo mágico, sientes que algo parecido podría haber sucedido en la vida real? Por lo menos, en esta parte del mundo, son situaciones que podrían formar parte de nuestra cotidianeidad.
- El libro parece atravesado por una pregunta persistente: quién logra dejar algo dicho antes de desaparecer. ¿Dirías que tus cuentos están obsesionados con la voz de quienes normalmente no alcanzan a cerrar su propia historia?
Tengo una obsesión por los personajes que no claudican y que luchan por los sueños que quieren alcanzar. Pero no pienso que sea una obsesión personal, sino una que tomo de nuestra realidad. Basta mirar al alrededor y contemplar la historia del país. Ahí tenemos una sociedad resiliente que, a pesar de toda la mierda, el abandono, la violencia y muchas otras desgracias, sigue avanzando, sigue arreando su destino en busca de ese amanecer que nos conforte en algún momento. En lo particular, la historia de mi familia —y la mía propia— ha sido un constante insistir en no rendirse, en luchar por nosotros, por los que más queremos, por nuestro país. Y eso, inevitablemente, deja algo dicho detrás, algo que otros descubren en algún momento. También deja historias sin cierres posibles, porque los sueños muchas veces no se cumplen, se truncan, y no solo de manera individual, sino también generacional. Ante eso, siempre hay algo que decir y que debe trascender. Creo que, si lo pienso un poco, los personajes de los cuentos de este libro intentan decir algo antes de desaparecer por completo. En algunos, es la lucha; en otros, la fe, el amor o incluso el resentimiento. Pero nadie quiere quedarse callado.

Crédito: Archivo Equipo de Redacción
- Hay una relación muy visible entre memoria individual y memoria colectiva: lo íntimo casi siempre termina tocando lo político o lo histórico. ¿Crees que en el Perú narrar una vida privada sin que aparezca la historia del país es casi imposible?
- La trayectoria de cada individuo también refleja la del Perú, sobre todo en las clases populares, que cargan con el peso histórico de abrirse camino hacia algún porvenir para ellas y sus familias. Actualmente, estoy escribiendo una novela sobre los últimos acontecimientos del país, y lo hago desde las experiencias personales de distintos personajes. En conjunto, como un rompecabezas, terminan por narrar el devenir nacional. Además, todo lo que atraviesa nuestra existencia es de orden público: la economía, la educación, la cultura, la pobreza, la inseguridad. ¿Cómo no abordar, entonces, esa dimensión o el pasado del país, si nos atraviesan a diario? Somos sujetos inscritos en una sociedad; por lo tanto, no podemos escapar de ella, a menos que nos convirtamos en ascetas. Y, por ahora, no conozco a ninguno.
- En varios relatos queda la sensación de que incluso los personajes más derrotados conservan un resto de dignidad, una última reserva interior. ¿Tu literatura parte de una visión pesimista del mundo o de una fe secreta en que incluso en lo roto todavía persiste algo salvable?
Creo que de ambas cosas. Parto del análisis de una realidad en la que el mundo está jodido. Muchas sociedades —pero especialmente la nuestra, la peruana— han sido invadidas y colonizadas. Hay gente que concentra el poder y es una mierda, a la que no le importan los demás, porque, frente a ellos, no somos ciudadanos. En ese sentido, tengo una visión pesimista del mundo; pero también, a partir de ahí, nace una fe secreta: que podemos salvarnos, porque hay personas que deciden luchar contra esa maldad, incluso si terminan siendo llaneros solitarios o quedan abandonados y derrotados. Contra viento y marea, incluso en una patria que no los vio nacer, luchan para que hombres y mujeres tengan derecho a ser felices. ¿Eso es ser pesimista o es militar en una fe extraña? No estoy seguro. Lo que sí sé es que me criaron para pensar de esa manera. Por eso hay que seguir luchando, así nos derroten una, dos, tres veces o más. Como el viejo de Un último round, que, derrotado en su juventud y en su adultez, ya anciano sigue tecleando sus consignas en su computadora, atrapado en la precariedad. El reconocimiento solo le llega después de la muerte, cuando crece un campo de flores en ese terreno de tierra, piedra y cemento que es San Juan de Lurigancho. Triste, pero la vida, la mayor parte del tiempo, lo es. Lo interesante es que personas como ese viejo lo saben e, igual, nunca huyen de ese destino, sino que siguen bregando por sus sueños. Al final, también son creyentes. No en Dios, claro, sino en que la humanidad tiene derecho a soñar con un mundo mejor que el que tenemos ahora.

Crédito: Kevin Puelles C.
* ROMÁN HELI PAREDES (Lima, 1987) nació y creció en San Juan de Lurigancho, el distrito más poblado del Perú. Es narrador y comunicador. Su trabajo transita entre la literatura, la fotografía y la coyuntura política del Perú. Ha participado en espacios de formación y creación literaria, desde revistas, programas radiales y podcast como La Collera. Asimismo, ha intervenido en proyectos de comunicación política vinculados al debate público, la memoria social y la vida urbana. Su escritura explora la relación entre experiencia íntima e historia colectiva, con especial atención a los barrios populares, los vínculos familiares y las marcas que la violencia política dejó en una generación. Un último round es su primer libro de cuentos.
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Publicado: 2026-07-18
"La trayectoria de cada individuo también refleja la del Perú, sobre todo en las clases populares, que cargan con el peso histórico de abrirse camino hacia algún porvenir para ellas y sus familias. Actualmente, estoy escribiendo una novela sobre los últimos acontecimientos del país, y lo hago desde las experiencias personales de distintos personajes. En conjunto, como un rompecabezas, terminan por narrar el devenir nacional. Además, todo lo que atraviesa nuestra existencia es de orden público: la economía, la educación, la cultura, la pobreza, la inseguridad. ¿Cómo no abordar, entonces, esa dimensión o el pasado del país, si nos atraviesan a diario?". Conversamos con Heli Román Paredes.
Escrito por
Pedro Casusol
Consultas y colaboraciones a pedrocasusol@gmail.com
Publicado en
bebedor de absenta
arte, música, cine y literatura.