¿Sísifo será peruano?
Historiadores y arqueólogos han encontrado rastros de los estragos de dicho evento desde épocas preincaicas. Nos acompaña desde hace milenios. ¿Habremos perdido la memoria colectiva?
Escribe: Alfredo Coronel Zegarra
En la mitología griega, el rey Sísifo, castigado por los dioses, debía empujar una roca gigante cuesta arriba hasta la cima de una montaña. Cuando llegaba ahí, esta caía, reiniciándose el proceso hasta la eternidad. ¿Le recuerda a nuestro país enfrentando el fenómeno de El Niño?
Pues, este embate de la naturaleza que regresa cíclicamente suele agarrarnos desprevenidos. Incluso habiendo recibido aviso, reaccionamos con pasmosa displicencia. Mientras el Estado se pide permiso a sí mismo antes de mover un dedo, los demás eludimos hacernos cargo de lo que debemos.
Así, cada año en que lo sufrimos, hallamos gobernadores que desconocen sus tareas y le tiran la pelota a alguien más; funcionarios que sacan ventajas particulares, y alcaldes que usan fondos en construcciones de esparcimiento en lugar de ocuparse de la emergencia. ¿Falta de criterio, incompetencia o arreglos turbios?
Lo penoso radica en que es una circunstancia muy conocida. Historiadores y arqueólogos han encontrado rastros de los estragos de dicho evento desde épocas preincaicas. Nos acompaña desde hace milenios. ¿Habremos perdido la memoria colectiva?
Aunque, para ser justos, los burócratas de hoy heredaron la desidia y pasividad de anteriores administraciones. Y muchos de los que claman por una intervención decidida forman parte del problema antes que de la solución. Pensemos en las personas que se asentaron en las riberas de los ríos sabiendo que se desbordarían; en quienes dejaron sin asegurar infraestructura y producción; o en empleados públicos y privados coludidos para incumplir especificaciones técnicas y normas éticas. También faltaron revocatorias contra las inoperantes autoridades que elegimos.
Tan alarmantes como gestiones deficientes y reactivas son ciudadanos indiferentes o ausentes. Al final, el contratiempo los dañará. Y luego, todos financiaremos aquel cúmulo de irresponsabilidades.
Dado que su ocurrencia escapa a nuestro control, tenemos que atenuar sus consecuencias. Acciones de preparación, adaptación, mitigación y recuperación son harto sabidas. Asimismo, lo son las principales salidas pendientes: el ordenamiento territorial que reubique a los hogares de los espacios comprometidos y un sistema nacional de atención permanente con capacidad de mando y ejecución que opere independientemente del poder y junto a empresarios y sociedad civil.
¿Acaso el rédito electoral de la prevención es menor que el de la reconstrucción? Premiar las labores tempranas cambiaría ese incentivo perverso. Lo efímero de los partidos locales y la prohibición de reelegirse alientan esta parálisis. ¿Aumentará la confianza de las familias?
Además, especialistas en riesgos advierten que los desastres naturales son imparables y que se conviertan en tragedias es fruto de la política. En definitiva, nadie es inocente. Ahora, el flamante gobierno tendría que evitar que, como cantaba Julio Iglesias, tropecemos de nuevo con la misma piedra.
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