No te creo ni te creeré jamás
Querer hacer pasar por evidencia nuestras apreciaciones o deseos es una práctica difundida y son pocos los individuos que ponen encima de la mesa un aviso señalando que lo que dicen son comentarios parcializados antes que sentencias expertas e independientes
Escribe: Alfredo Coronel Zegarra
“¡Te saqué de la lista negra!” me dijo en días pasados una amiga. Y al ver mi cara de asterisco, intentó explicarme cuándo y a qué se debió mi ingreso a tan ingrato registro. Pude entender, entonces, la causa del distanciamiento que noté. A la vez, “descubrí” lo evidente sobre el fragmentado mundo que nos rodea.
Ciertamente, casi nada podríamos realizar frente a lo que el resto piensa de uno, en especial al desconocerlo. A menudo se trata de evaluaciones subjetivas, inferencias apresuradas o raciocinios interesados. En el Parlamento acontecen ejemplos semejantes cuando, en acusaciones o votaciones, los interpelantes carecen de razones objetivas y solo exhiben perspectivas distintas de lo que conviene o convenía ejecutar. ¿Queremos ganar siempre? Es real que las acciones humanas no se rigen, como las matemáticas, por reglas invariables. De ahí que sea preferible que los actores sociales y políticos transparenten sus decisiones.
Siguiendo con lo “aprendido”, podemos establecer con meridiana claridad que lo que hoy se revela como exacto respecto a los otros, tal vez mañana mutará. Y no tanto debido a variaciones en los aludidos. Más bien, aquello ocurre a raíz de las propias modificaciones en el humor, la adopción involuntaria de sesgos o el reconocimiento de que erramos el juicio previo. De nuevo, la arena pública entrega similares situaciones, en particular cuando la tacha que teníamos contra un pensamiento se desvanece por estar vinculada menos a principios que a suposiciones. A veces, queremos creer tanto en las teorías que profesamos que buscamos torcer la realidad y, al fallar, le achacaremos la responsabilidad al “enemigo” de turno. ¿Sufrimos desbalances emocionales?
Finalmente, la tercera cuestión se refiere a que enmascaramos tras certezas absolutas las sospechas que poseemos de las actitudes ajenas, pretendiendo ignorar los motivos que nos condujeron a ellas. Aquí, la prensa ofrece innumerables casos de opiniones disfrazadas de hechos. Querer hacer pasar por evidencia nuestras apreciaciones o deseos es una práctica difundida y son pocos los individuos que ponen encima de la mesa un aviso señalando que lo que dicen son comentarios parcializados antes que sentencias expertas e independientes. ¿Será puro autoritarismo?
Así pues, andemos con pies de plomo. Las relaciones interpersonales, en cualquier nivel y actividad, están sujetas a prejuicios, interpretaciones y elucubraciones de cada uno. Y nadie se salva; todos procedemos igual. A pesar de esmerarnos mucho en cuidar las expresiones usadas y de ajustarnos a la verdad, es altamente probable que estas condicionantes lleven a los demás a seguir dudando de nosotros. Pero, todavía no nos hagamos bolas, que esa posición cambiará con el paso del tiempo. ¡Y ni siquiera estaremos enterados!
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arte, música, cine y literatura.