Oa, besho, abasho
Escribe: Pedro Casusol
No sé ustedes, pero para mí Keiko Fujimori se parece cada vez más a su propia parodia de fines de los 90 e inicios de los 2000: el gordo Casaretto, ataviado con blusas y trajes enormes, maquillaje, peluca negra con flequillo y una sonrisa tan burda que solo podía revelar la más absoluta desconexión con la realidad. Al personaje, uno de los más populares de “El especial del humor”, le salía una vocecita aguda y aflautada, parecía incapaz de articular un argumento político, y saludaba imitando a los Teletubbies:
—¡Oa, besho, abasho…! —decía, mientras se inclinaba para propinar abrazos y besos ruidosos en las mejillas de sus interlocutores.
Uno podría pensar, a estas alturas de la vida, que la caricatura se quedó sepultada en la época en que Keiko fungió de primera dama o se hizo lideresa de Fuerza 2011, una de las formas que adoptó el fujimorismo tras la caída del padre. Lo sorprendente es que, en pleno 2026 y con todo el poder finalmente en sus manos, la vieja fórmula humorística vuelve a cobrar sentido. Keiko parece empeñada en desempolvar su propia parodia, evadir los problemas y convertir la gobernabilidad en una sucesión de sonrisas, gestos amables y promesas vacías.
¿No fue acaso ese el patético intento de manejar las comunicaciones oficiales desde TikTok? Durante semanas, la presidenta convirtió la plataforma en una suerte de sala de estar presidencial, entre transmisiones, unboxing y rutinas de skincare, mientras el país esperaba respuestas a problemas bastante menos cosméticos. Cuando la fórmula dejó de funcionar y las vistas comenzaron a caer, las transmisiones se detuvieron. Pero la imagen quedó instalada: la hija del dictador parece creer que la gobernabilidad puede construirse a punta de gesticulación angelical y engagement.
Sí, la señora fue implacable dinamitando gabinetes y vacando presidentes desde su curul en las sombras, pero sentada en el sillón presidencial no sabe qué diablos hacer. Resulta fascinante comprobar cómo la candidata que se llenó la boca prometiendo “mano dura” y orden marcial se desmorona tras un primer mes tan mediocre. La postal de Trujillo es un epitafio temprano: mientras un escuadrón criminal secuestraba al minero Jenss Lara y acribillaba a sus acompañantes, la presidenta ensayaba su mejor sonrisa de Teletubbie para afirmar desde Piura que los detenidos “ya habían confesado”, mientras sus lacayos aseguraban que en Trujillo “se respiraba mucha tranquilidad”.
Juan Carlos Tafur, a quien difícilmente se podrá acusar de rojo, comunista o “castillista”, ha sido tajante al comparar este gobierno con la frivolidad y las limitaciones exhibidas por el de Dina Boluarte. Y quizá allí radique una de las mayores ironías del fujimorismo triunfante: después de tantos años prometiendo eficacia, autoridad y orden, el regreso de los Fujimori a Palacio de Gobierno no ha traído una maquinaria estatal aceitada, sino una administración que improvisa sobre la realidad.
¿De qué otra manera podemos interpretar la incompetencia de la Policía, la actitud prepotente y triunfalista de Óscar Arriola o el bochornoso espectáculo del general Víctor Reboredo, jefe de la Dirincri, huyendo de una entrevista incómoda? La consigna del gobierno parece ser salir del paso como sea. Sonreír, repartir prebendas, militarizar las esquinas, sacarse fotos y selfies. Evitar, como dé lugar, cualquier encuentro incómodo con la prensa. Gobernar detrás de una pantalla. Hasta quedar reducida, nuevamente, al personaje que el gordo Casaretto inmortalizó en la pantalla chica.
Mientras el Perú se desangra en sus manos, Keiko sonríe y reparte besitos.
—Oa, besho, abasho.
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arte, música, cine y literatura.