sabe usar la IA

¡Te lo dije!

Admitamos que regañar por yerros persistentes poco efecto produce; busquemos distintas estrategias...

Publicado: 2026-09-27

Escribe: Alfredo Coronel Zegarra

Nada tan incómodo como tener que rectificarnos por las equivocaciones cometidas. Debemos retroceder y excusarnos cuando, al dejar de verificar, compartamos noticias falsas en los grupos de WhatsApp o si, creyéndonos chefs experimentados, anunciamos erradamente los ingredientes de la torta que tanto gustó en la última reunión. Nos enteremos por cuenta propia o gracias a algún buen samaritano que haya decidido orientarnos en privado, terminaremos abochornados. Asimismo, estamos los caraduras que, sin ruborizarnos siquiera, miraremos de costado haciéndonos los locos y, desde luego, aquellos que preferiremos achacárselo a otros.

Justo en esas vergonzosas situaciones, aparecemos los autosuficientes que nunca fallamos blandiendo el dedo acusador, bramando en tono burlón: “¡No digas que no te lo advertí!”. Cosa que, lejos de aliviarnos, echa más sal a la herida. Ningún consuelo ofrece que saquen a la luz nuestros desatinos. Ya andábamos sintiéndonos mal tratando de salir del entuerto y ahora nos hacen notar que nuestra responsabilidad se duplicó.

Y a pesar de merecer el llamado de atención, sufrimos humillación. Primero, al tener que disculparnos por el desacierto y después, cuando aceptamos que conocíamos las consecuencias de dicho actuar.

Igual ocurre al golpearnos con una mesa caminando distraídos. Se vuelve imposible hallar un causante para castigar: fue uno mismo. Volteamos y nadie hay alrededor, salvo el espejo reflejándonos.

En muchas oportunidades puede ponerse peor. Por ejemplo, cuando estamos junto a amigos y varios fuimos los que hicimos la recomendación, la persona se verá inundada de múltiples “¡En cuántas ocasiones te repetí…!”, ansiando que un rayo la parta. “¿Tú también le pasaste la voz?”, vamos secundándonos entre los “agresores” mostrando ínfulas de superioridad, momentos que podrían descontrolarse, escalando hasta convertirse en una especie de callejón oscuro. Es la manada acechando implacable a su presa, retroalimentándose mutuamente.

Si somos los desdichados que estamos pagando los platos rotos, deberemos esperar a que la jauría se calme y procurar cambiar de conversación. Será complicado tragarse la impotencia y la rabia contenida, sin embargo, eso ayuda a escapar de la emboscada en que caímos, aunque no fuese premeditada. Guardar silencio sepulcral o simular que ignoramos su presencia tampoco es útil, parece que eso solo exacerba aún más los ánimos.

Entonces, la próxima vez que estemos tentados a reprender al resto debido a sugerencias desoídas, recordemos la cantidad de casos en que nos hemos encontrado en circunstancias similares. Incluso, admitamos que regañar por yerros persistentes poco efecto produce; busquemos distintas estrategias.

En suma, evitemos malograrle más el rato a aquel ser querido e intentemos llevar el viaje hacia rutas menos tristes o angustiosas. ¡Vade retro, inquisidor!

Y como ya le dije, jamás diga “te lo…”.

Nota: Esta columna volverá el 11 de octubre de 2026. Voten con criterio.


Escrito por

Pedro Casusol

Consultas y colaboraciones a pedrocasusol@gmail.com


Publicado en

bebedor de absenta

arte, música, cine y literatura.